como una respuesta emocional marcada por la
preocupación excesiva y persistente relacionada
con aspectos del desarrollo fetal, el parto y la
salud materna, pudiendo manifestarse mediante
síntomas físicos y cognitivos. Fallon et al. (2020),
indican que la ansiedad durante el embarazo
representa un riesgo importante tanto para la
madre como para el bebé, ya que puede
relacionarse con complicaciones como parto
prematuro, bajo peso al nacer y un aumento en la
probabilidad de depresión después del parto. Este
estado emocional se ve influido por cambios
endocrinos, demandas físicas crecientes y factores
psicosociales, lo que hace fundamental su
identificación y manejo adecuado. Según
Venkatesh et al. (2021), la ansiedad durante el
embarazo tiende a ser más intensa en el tercer
trimestre, principalmente por los temores
asociados al parto próximo a la protección y
bienestar del recién nacido.
En este contexto, la actividad física se
posiciona como una herramienta clave para
promover la salud integral durante el embarazo.
La Organización Mundial de la Salud (2020),
describe la actividad física como cualquier
movimiento del cuerpo generado por los
músculos esqueléticos que implica un gasto de
energía, resaltando su relevancia tanto para la
prevención de enfermedades como para el
bienestar mental. Esta se clasifica según su
intensidad en ligera, moderada y vigorosa. La
actividad ligera comprende movimientos suaves o
ejercicios de movilidad sin un aumento
considerable de la frecuencia cardíaca; la
moderada produce incrementos moderados en la
frecuencia cardíaca y respiratoria, como caminar
rápido o realizar aeróbicos suaves; mientras que
la actividad vigorosa provoca una mayor
demanda cardiovascular, incluyendo actividades
como correr o entrenamientos funcionales.
Además, Tremblay et al., (2017), destacan que
mantener un estilo de vida activo es primordial,
ya que el sedentarismo caracterizado por
actividades de baja demanda energética realizadas
en posición sentada o recostada constituye un
factor de riesgo para la salud durante el embarazo,
y su presencia se asocia con mayores riesgos de
obesidad, diabetes gestacional y complicaciones
metabólicas.
Los beneficios de la actividad física durante el
embarazo han sido ampliamente documentados
por investigaciones recientes. En particular,
Nascimento et al., (2021), destacan que, realizar
ejercicios de intensidad moderada de forma
regular contribuye a disminuir la ansiedad y el
estrés, además de mejorar la calidad del sueño y la
regulación emocional. De manera
complementaria, Davenport et al., (2020), indican
que el ejercicio durante el embarazo ayuda a
disminuir riesgos como la diabetes gestacional, la
hipertensión inducida por el embarazo y la
ganancia excesiva de peso, al mismo tiempo
mejora la condición cardiorrespiratoria. En este
contexto, la Organización Mundial de la Salud
(OMS, 2020), recomienda que las mujeres
embarazadas realicen al menos 150 minutos
semanales de actividad física moderada, mientras
que Souza et al., (2022), destacan que los
programas estructurados y supervisados por
profesionales presentan mayor adherencia y
mejores resultados, facilitando la progresión hacia
niveles adecuados de actividad física.
Para medir el nivel de actividad física en
investigaciones y contextos clínicos, se utiliza el
Cuestionario Internacional de Actividad Física
(IPAQ), que permite cuantificar el tiempo
semanal dedicado a actividades ligeras,
moderadas y vigorosas, clasificando a las
personas en niveles bajos, moderados o altos, y
resulta especialmente útil en mujeres
embarazadas por su facilidad de aplicación (Craig
et al., 2003). De manera complementaria, la
Escala de Ansiedad de Hamilton (HAM-A) es
ampliamente reconocida para evaluar la severidad
de síntomas somáticos y cognitivos asociados a la
ansiedad, permitiendo identificar cambios
clínicos antes y después de intervenciones, lo cual
es relevante en estudios sobre el impacto de la