Revista Conexiones UG, Vol. 4, No. 1, enero - junio 2026  
e-ISSN: 2960-8147 ISBN: 978-9942-44-827-9  
Diálogos críticos en sistemas complejos. Redefinición epistémico-educativa desde la  
didáctica filosófica  
Critical dialogues in complex systems. Epistemic-educational redefinition from  
philosophical didactics  
1Karleny Isabel Macías Rojas  
Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Caracas, Venezuela.  
Fecha de recepción: 26/03/2026  
Fecha de aceptación: 26/04/2026  
Resumen  
Este artículo propone una redefinición radical de la educación desde la Didáctica Filosófica, cuestionando  
los paradigmas cartesianos y coloniales que fragmentan el saber, frente a la racionalidad instrumental y la  
necropolítica que marcan ciertos cuerpos y saberes como desechables, se articula una pedagogía de la  
descolonización que recupera epistemologías marginadas, desestabilizando el individualismo moderno y  
proponiendo una ética de interdependencia. Esta producción deviene desde una hermenéutica filosofía que  
permitió metodológicamente configurar el entramado teórico que integra a Morin (complejidad como diálogo  
de tensiones irreductibles), Freire (educación como acto político de liberación) y De Sousa Santos (ecología  
de saberes), para superar la homogeneización educativa. La Didáctica Filosófica se revela como praxis de  
lo imposible, un arte hermenéutico que habita el caos, cuestiona jerarquías epistémicas y co-construye  
conocimientos desde los márgenes. Al fusionar crítica y esperanza, el texto redefine la educación como acto  
metabólico que siembra futuros alternativos; es decir, un ritual de resistencia donde el aula deviene espacio  
para justicia cognitiva, reciprocidad biocultural y memoria de los excluidos. Así, trasciende la neutralidad  
ilustrada para erigirse en fermento ético de mundos posibles.  
Palabras clave: diálogos críticos, sistema complejo, didáctica filosófica.  
Abstract  
This article proposes a radical redefinition of education through Philosophical Didactics, challenging Cartesian  
and colonial paradigms that fragment knowledge. Confronting instrumental rationality and necropolitics —  
which mark certain bodies and knowledges as disposable— it articulates a decolonizing pedagogy that reclaims  
marginalized epistemologies (such as the Andean sumak kawsay or African Ubuntu), destabilizing modern  
individualism and advocating an ethics of interdependence. Methodologically grounded in philosophical  
hermeneutics, the theoretical framework integrates Morin (complexity as dialogue of irreducible tensions),  
Freire (education as a political act of liberation), and De Sousa Santos (ecology of knowledges) to transcend  
educational homogenization. Philosophical Didactics emerges as a praxis of the impossible: a hermeneutic  
art that inhabits chaos, challenges epistemic hierarchies, and coconstructs knowledge from the margins. By  
merging critique and hope, the text redefines education as a metabolic act that sows alternative futures —a  
ritual of resistance where the classroom becomes a space for cognitive justice, biocultural reciprocity, and the  
memory of the excluded. Thus, it transcends enlightened neutrality to become an ethical ferment of possible  
worlds.  
Keywords: critical dialogues, complex systems, philosophical didactics.  
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Introducción  
En el contexto complejo y multifacético del laberinto de la modernidad tardía, la educación enfrenta  
un dilema fundamental que pone en tensión sus funciones esenciales: por un lado, la reproducción acrítica y  
casi automática de paradigmas hegemónicos que sostiene estructuras de poder establecidas; y por otro, la  
urgente necesidad de una emancipación colectiva que problematice cuestione y transforme dichos esquemas  
dominantes. Esta coyuntura crítica plantea una pregunta radical y profundamente filosófica, situada en el  
corazón de la didáctica filosófica: ¿es factible reimaginar la praxis educativa no como un mero acto de  
transmisión de contenidos, sino como un acto consciente y deliberado de resistencia epistémica?  
Este cuestionamiento invita a repensar la educación desde una perspectiva que trasciende la neutralidad  
tradicionalmente atribuida al aula y a los procesos de enseñanza-aprendizaje. La resistencia epistémica, en  
este sentido, se configura como la capacidad de confrontar y desmantelar los modos oficiales y hegemónicos  
de producción y circulación del conocimiento que han sido históricamente utilizados para reproducir las  
jerarquías sociales y políticas mediante la promoción de saberes alternativos, críticos y plurales.  
Por ello, la didáctica filosófica debe entonces asumir un rol estratégicamente subversivo, convirtiendo la  
praxis educativa en un espacio donde el diálogo riguroso, la reflexión crítica y la autoconciencia epistemológica  
sean herramientas para la descolonización del pensamiento y la recuperación de la agencia cognitiva de los  
sujetos educandos.  
Asimismo, esta reimaginación debe integrar y articular dimensiones éticas y políticas, entendiendo  
que la educación forma sujetos desde un punto de vista cognitivo, contribuyendo a la conformación de  
identidades, valores y capacidades para la acción transformadora. En tal sentido, la praxis educativa implica  
un compromiso profundo con la justicia epistemológica, el reconocimiento de la diversidad epistémica y la  
democratización del acceso a saberes que legitimen las experiencias y conocimientos subalternos, marginados  
o silenciados por el discurso dominante.  
De este modo, la didáctica filosófica responde al desafío de la modernidad tardía proponiendo una  
pedagogía crítica que interpele las certezas instaladas, promueva el cuestionamiento constante y habilite  
una práctica educativa que sea, en sí misma, un acto liberador y revolucionario. Desde estas consideraciones,  
la pregunta radical sobre la posibilidad de una praxis educativa como resistencia epistémica abre nuevas  
vías para la reflexión teórica, demandando innovaciones concretas en metodologías, currículos y relaciones  
pedagógicas orientadas a fortalecer la autonomía crítica y la participación activa de quienes aprenden.  
Esta visión se devela como un manifiesto crítico que, desde los cimientos de la didáctica filosófica,  
interroga los sistemas complejos que configuran y constriñen los procesos de enseñanza-aprendizaje. De tal  
manera, que la intención, va más allá de un análisis crítico, alcanzando un enfoque profundamente disruptivo,  
desde la búsqueda descolonizadora del imaginario pedagógico mediante un diálogo crítico que reconozca  
la educación como campo de batalla ontológica; planteamiento este fundamentado primeramente en los  
postulados de Morin (1990), en su principio de dialogía, advirtiendo que “todo sistema complejo alberga  
tensiones irreductibles”; y en las ideas de Freire,(1970) desde la pedagogía del oprimido, rememorando que  
enseñar es un acto político de re-existencia; sin embargo, este enfoque trasciende el límite de una síntesis  
teórica al invocar a Giroux (1988) y su crítica a la racionalidad instrumental minimizando la educación a la  
simplicidad técnica al servicio del capital, o al paradigma de la complejidad y su apuesta transdisciplinar que  
disuelve las fronteras entre saberes para pensar lo inverosímil.  
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Bajo este panorama, el artículo despliega una cartografía crítica que expone cómo los sistemas  
educativos han maniobrado como artilugios de homogenización, negando los saberes situados y las  
epistemologías del Sur. Este acto despliega la complejidad como un gesto de insubordinación; es decir,  
un llamado a desbordar los límites de lo decible, a tejer redes dialógicas donde el conocimiento sobrepase  
la imposición, co-construyendo desde la tensión entre lo local y lo global, lo singular y lo colectivo. Esta  
perspectiva cuestiona la colinealidad del saber, activando una epistemología de lasitud, donde el aprendizaje  
se entrelaza con la memoria de los excluidos y la urgencia de justicia sapiente. Es, en definitiva, un acto de  
rebeldía contra la lógica monocultural que secuestra el potencial transformador de la educación en este  
momento época.  
En última instancia, este texto se transforma en una Filosofía en Movimiento, donde la crítica trasciende  
su rol de herramienta analítica para convertirse en un umbral de posibilidad. Por ello, al articular estos  
diálogos, se persigue redefinir la educación desde una episteme radicalmente relacional que, al reconocer  
su politicidad intrínseca, active su potencial metabólico; como fermento en cosmos alternativos, donde lo  
educativo se revela como semilla ética y espacio de invención colectiva.  
Desde este contexto, la didáctica filosófica, deviene en praxis de libertad; un arte de inquirir que, en  
lugar de ofrecer respuestas, cultiva las interrogantes idóneas para habitar y transformar la complejidad de lo  
real. Es aquí donde el pensamiento crítico, al romper con la lógica dicotómica, invita a un hecho fundacional;  
es decir, educar para despertar la conciencia de que todo acto pedagógico es, en sí mismo, un gesto de  
creación y resistencia, la cual es inagotable al nutrirse de la esperanza, aquella que permite construir, desde  
las grietas del sistema, una educación que nombre lo innombrable y siembre, en el corazón de lo existente,  
las semillas del porvenir.  
Método  
Los fundamentos epistemológicos de esta investigación se sustentan en un espíteme postpositivista,  
partiendo de la premisa de que todo proceso vital debe estar orientado hacia un propósito y un sentido  
claros. En consecuencia, la investigación adopta el enfoque cualitativo, específicamente la línea metodológica  
del método hermenéutico-dialéctico, que, según Martínez (2011), “es indispensable y prácticamente  
imprescindible cuando la acción o el comportamiento humano se presta a varias interpretaciones” (p. 102).  
El método hermenéutico-dialéctico promueve una comprensión profunda y contextualizada de los  
fenómenos humanos a través del diálogo entre distintas interpretaciones y la tensión constante entre las  
partes y el todo. Esta metodología permite desentrañar la complejidad intrínseca de la experiencia humana,  
integrando dimensiones contradictorias y complementarias para alcanzar una visión más amplia y crítica del  
objeto de estudio.  
De este modo, la interpretación se convierte en una clave metodológica esencial para comprender  
la estructura más significativa y compleja dentro del sistema global de la personalidad, permitiendo que el  
análisis trascienda las apariencias superficiales y revele los sentidos profundos que orientan la acción humana.  
Resultados  
El presente nivel de análisis se centra en dos grandes dimensiones emergentes de esta investigación:  
el entramado teórico fundamentado en la didáctica filosófica de la educación y la didáctica filosófica como  
descolonización del saber y praxis de lo imposible. La figura, ilustra estos aspectos de manera visual, facilitando  
la comprensión de la relación entre las distintas perspectivas involucradas.  
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En este análisis, se contrastan los horizontes conceptuales de los informantes clave, la posición de  
los teóricos y la visión intersubjetiva del investigador, lo que permite construir una visión hologramática.  
Esta visión se caracteriza por integrar múltiples dimensiones y perspectivas, ofreciendo así una comprensión  
más profunda, compleja y dinámica del área estudiada, superando enfoques lineales o unidimensionales y  
enriqueciendo el discurso investigativo con un enfoque plural y contextualizado.  
Por lo tanto, la aplicación de una visión hologramática en la investigación implica reconocer y articular  
diversas dimensiones y perspectivas de forma simultánea, como si cada parte reflejara el todo y el todo  
estuviera presente en cada parte. Por ejemplo, en el análisis de la didáctica filosófica, supone integrar las  
experiencias y saberes de los informantes clave junto con los marcos teóricos vigentes y la interpretación  
crítica del investigador, para generar una comprensión compleja y multifacética del fenómeno educativo.  
Un caso práctico de esta aplicación se destaca en el estudio de cómo la didáctica filosófica promueve  
la descolonización del saber. Desde la perspectiva de los informantes, se recogen vivencias personales y  
prácticas pedagógicas; desde la teoría, se contrastan conceptos filosóficos y epistemológicos; y desde la  
visión del investigador, se realiza una interpretación crítica que une estas dimensiones en un único marco  
analítico. Así, se evita un enfoque fragmentado y se privilegia un entendimiento integral que refleja la riqueza  
y complejidad del campo estudiado, permitiendo identificar tensiones, complementariedades y acuerdos que  
enriquecen el proceso investigativo y su aporte al conocimiento.  
Este enfoque amplía la profundidad del análisis y también favorece la generación de propuestas  
educativas más inclusivas y transformadoras, ya que está basado en una comprensión plural que reconoce la  
diversidad y complejidad del saber y de las prácticas humanas.  
Entramado teórico fundamentado en la didáctica filosófica de la educación  
La didáctica filosófica, en su esencia, más allá de concebirse como un método es una ontología en  
movimiento, un desafío a los cimientos mismos de lo que se entiende por educar. Su genealogía se arraiga  
en la crítica a la modernidad ilustrada que redujo el conocimiento a un instrumento de control (Horkheimer  
& Adorno, 1944/1998), pero se radicaliza en la Introducción al pensamiento complejo, planteada por Morin  
(1990), al destacar que “la educación debe ser un viaje hacia la incertidumbre organizada, donde cada  
respuesta genera nuevas preguntas” (p. 37). Esta visión desestabiliza la epistemología cartesiana, exigiendo  
una didáctica fractal, donde el contexto de aprendizaje se conciba como un sistema vivo, autopoiético, que  
se reorganiza constantemente frente a las tensiones entre orden y caos.  
En este entramado, la pedagogía crítica de Paulo Freire (1970) actúa como un detonante descolonizador,  
al referir que, “La educación es un acto de amor y, por tanto, de coraje; es una práctica de libertad que niega  
el silencio impuesto” (p. 91). Para Freire (1970), la alfabetización es un ejercicio de concientización, un proceso  
dialéctico donde el oprimido deja de ser objeto de la historia para devenir sujeto de su propia narración  
Transformadora Intelectual, figura que altera la lógica neoliberal que reduce la educación bancaria.  
En tanto, Giroux, argumenta que “la pedagogía radical es un acto de memoria histórica, donde se  
recupera las voces excluidas para cuestionar el presente” (p. 67). De esta manera, la didáctica filosófica se  
eleva como un elemento vivo y activo, donde la transdisciplinariedad de Basarab Nicolescu (1996) aportando  
una dimensión epistémica esencial, centrada en la definición de este enfoque como “el arte de habitar los  
espacios entre las disciplinas, donde lo real se revela en su plenitud inagotable” (p. 29). Este principio permite  
cuestionar la compartimentalización del conocimiento proponiendo una epistemología de los umbrales,  
donde lo educativo trasciende las dicotomías sujeto-objeto, teoría-práctica.  
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A partir de estas consideraciones, la didáctica filosófica se interconecta con la ecología de saberes  
de Bonaventura de Sousa Santos (2009), quien en su obra ”Una epistemología del Sur” afirma que “no existe  
ignorancia total, sino saberes negados por la razón colonial” (p. 45). El autor insiste que la justicia cognitiva  
como dignidad epistémica del conocimiento ancestral, constituye un microcosmos donde coexisten múltiples  
formas de entender el mundo sin jerarquías.  
Sin embargo, este entramado teórico sería incompleto sin la ética de la liberación de Enrique Dussel  
(1989, quien postula que “Toda educación es un acto de exterioridad, la cual emerge desde los excluidos  
para interpelar la totalidad hegemónica” (p. 154). Esta ética es irreducible a la compasión, por el contrario, la  
misma se materializa en una praxis pedagógica antisistémica donde el diálogo freireano se enriquece con la  
escucha de los silencios históricos.  
Al revisar los manuscritos de Dussel (1998) y Freire (1970) se vislumbra un acontecimiento ético, un  
compromiso con la alteridad que rechaza la objetivación del otro. Complemento de Morin (1990)”enseñar  
la condición humana es enseñar la unidad de lo diverso y la diversidad de lo uno” (p. 102), un principio que  
desafía la homogeneización cultural y celebra la fractalidad.  
En esta constelación de ideas, la didáctica filosófica se revela como una Metáfora del caos, que busca  
habitar creativamente en el desorden, su potencia radica en su capacidad para generar preguntas que  
desarmen las certezas; tal como lo advierte Giroux (1988), al reseñar “la educación no es neutral no sirve  
para domesticar o para liberar” (p. 89). En tal sentido, optar por el segundo planteamiento implica asumir la  
educación como acto de insurgencia, donde el conocimiento es cocreado desde un encuentro dialógico ante  
lo inesperado; es decir, un llamado a reimaginar la educación como un cosmos libertario ejercido desde la  
práctica colectiva de resistencia y esperanza.  
La Didáctica Filosófica como Descolonización del Saber y Praxis de lo Imposible  
La educación, en su encrucijada contemporánea, atraviesa una “Grieta Epistémica”; ya que los  
sistemas educativos hegemónicos, anclados en la lógica colonial moderna, han perpetuado una ontología  
de la separación, desde la disociación entre razón y emoción, lo humano y su naturaleza. Ante esta visión, la  
redefinición epistémico-educativa desde la didáctica filosófica esta distante de un ajuste teórico, por tanto,  
requiere de un sismo categorial que desmantele los pilares del paradigma ilustrado, articulado como un  
proyecto de desobediencia cognitiva, donde la filosofía más allá de un corpus eidético se convierte en un  
gesto de insurgencia contra la racionalidad instrumental, tal como lo planteaba Horkheimer, (2.013).  
En palabras de Paulo Freire (1970), “la educación funciona como instrumento de liberación, o se  
convierte en arma de domesticación” (p. 67). Aquí, la didáctica filosófica se constituye como praxis que  
trasciende lo pedagógico para cuestionar la matriz misma de producción de conocimiento, centrando su  
núcleo en develar que todo acto educativo es un acto de poder. Por tanto, la educación tradicional, bajo  
el mito de la neutralidad, ha maniobrado como conector de normalización (Foucault, 2002), subordinando  
saberes en jerarquías que privilegian lo eurocéntrico, lo masculino y lo utilitario.  
Ante este panorama, se considera lo acotado por Edgar Morin (1990), desde la complejidad, al  
desenmascarar esta falacia señalando que “el conocimiento es una construcción atravesada por el caos y  
la incertidumbre” (pág. 43), que permite interpretar lo real, para más allá de ordenarlo, habitar desde sus  
fracturas. Esto implica un giro radical; es decir, sustituir la lógica del control epistemológico (currículos  
estancos, evaluaciones estandarizadas) por una “Epistemología del Encuentro”, donde el conocimiento se  
co-construye en el diálogo entre horizontes de sentido antagónicos.  
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Bajo esta óptica, la Didáctica Filosófica, en su aptitud descolonizadora, supera las apreciaciones  
cuestionables de los contenidos del saber, desmantelando la matriz misma de producción de lo cognoscible,  
aquella estructura radicalizada y eurocéntrica que, como denuncia Aníbal Quijano (2000), convirtió la  
colonialidad en el lado oscuro de la modernidad. Este acto de insubordinación epistémica definido por  
Walter Mignolo (2011) como “desobediencia decolonial”, exige transgredir los límites impuestos por la razón  
imperial, para abrir el espacio educativo a lo que Bonaventura de Sousa Santos llama “epistemologías del  
sur”; es decir, saberes dependientes, silenciados por la violencia cognoscente, que brotan desde las grietas de  
la universalidad abstracta. En este sentido, la labor aquí trasciende lo pedagógico hacia lo metafísico, donde  
se desaprende de la lógica extractivista del conocimiento que reduce el mundo a recurso para aprender a  
escuchar el murmullo de lo negado, lo excluido y lo imposibilizado.  
En este horizonte, la educación se transforma en una praxis de lo imposible, entendido más allá de  
una utopía inalcanzable, como aquello que el orden colonial-capitalista ha declarado impensable. Según  
Slavoj (2014) señala que lo Real aquello que resiste simbólicamente irrumpe como fractura en lo posible; la  
Didáctica Filosófica, entonces, se constituye como un elemento ampliado de lo realizable, un ejercicio de  
“imaginación radical” que desafía los regímenes de factibilidad impuestos por la razón instrumental. De allí  
que, la pedagogía de Paulo Freire converge con la filosofía de la liberación de Enrique Dussel, donde educar  
es desocultar las condiciones materiales que naturalizan la opresión, pero también activar la capacidad de los  
sujetos para re-existir, para re-inventar otros mundos. Así mismo, el contexto de aprendizaje se deviene como  
un espacio liminal, tal como lo plantea Homi Bhabha (sf), una frontera donde lo colonizado y lo decolonial  
se enfrentan en una lucha por el sentido y donde lo imposible como la justicia epistémica o la reciprocidad  
biocultural se ensaya en acto e orden casi perfecto.  
Ahora bien, esta descolonización supera el plano intelectual; es una revolución encarnada, tal como lo  
reseña Frantz Fanon (1.961) en su obra “Los condenados de la tierra” advirtiendo que la colonialidad refiere  
algo más allá de la territorialidad, aludiendo a cuerpos y subjetividades. Por ello, la Didáctica Filosófica debe  
ser una pedagogía somática, una práctica que, siguiendo a Gloria Anzaldúa (1987), reconozca el “conocimiento  
fronterizo”, arraigado en la carne herida de los excluidos. En tal sentido, la crítica de Achille Mbembe (s/f) a  
la necropolítica revela cómo ciertos cuerpos son marcados como desechables bajo los designios del poder  
colonial-moderno; en respuesta, la educación decolonial se convierte en un ritual de resurrección epistémica,  
un acto político que recupera memorias silenciadas, saberes aniquilados por la razón cínica y prácticas  
ancestrales borradas de los registros hegemónicos. En este marco, filosofías como el “buen vivir” o “soy  
porque somos”, trasciende la expresividad folclórica, proyectándose como epistemologías radicales que,  
desde la interdependencia comunitaria y la reciprocidad con la Tierra, fisuran el individualismo posesivo de la  
modernidad, proponiendo alternativas ontológicas donde la vida en su pluralidad deja de ser mercancía para  
ser sagrado tejido relacional.  
Ahora bien, ¿cómo enseñar lo imposible? Para dar respuesta a esta inquietud surge la dimensión mística  
de la Didáctica Filosófica; pues Georges Bataille hablaba de lo imposible como experiencia límite, aquello  
que desborda la utilidad y la lógica del cálculo. En tanto, educar desde este vértigo implica, adosarse al  
derecho a la opacidad; es decir, rechazar la transparencia homogenizante y encomiar la densidad irreductible  
de lo diverso. En palabras de Adorno, es un acto de “estética negativa” que, en lugar de ofrecer respuestas,  
cultiva el asombro ante lo inaprehensible.  
Por ello, la praxis de lo imposible traspasa el idealismo; es materialismo insurgente, el cual Silvia Rivera  
Cusicanqui (2010) denomina la “potencia de lo pequeño”, en las micro-resistencias que fisuran el poder desde  
lo cotidiano. Bajo este plano argumentativo, la Didáctica Filosófica, en este anagrama, es una pedagogía  
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del fragmento; usar la parodia, el performance como estrategias del situacionismo y del arte conceptual  
para desmontar los relatos maestros. Aquí, el zapatismo educativo se fusiona con el realismo capitalista de  
Mark Fisher (2009), que denuncia cómo el neoliberalismo ha secuestrado la imaginación. En última instancia,  
esta Didáctica Filosófica es un acto de amor en el sentido freireano y de peligro; amor, porque solo desde  
la vulnerabilidad ética puede surgir la escucha profunda; peligro, porque descolonizar es siempre un gesto  
subversivo que amenaza los privilegios del canon.  
Tal como escribió Aimé Césaire (1.950) en su Discurso sobre el colonialismo, no hay encuentro verdadero  
sin riesgo de metamorfosis. De esta manera, educar lo imposible es, pues, apostar por esa metamorfosis, un  
salto al vacío donde lo decolonial no es destino, ni un lugar; al contrario, es un transitar, donde la Didáctica  
Filosófica se revela como el arte de direccionarse en la incertidumbre, de sostener la pregunta sin claudicar a  
la respuesta fácil, de habitar el abismo sin dejar de tejer, desde allí, redes de esperanza insurgentes.  
Figura 1  
Entramado Teórico-filosófico sobre la redefinición epistémico-educativa desde la didáctica filosófica  
Fuente: Elaboración propia.  
Discusión  
La educación, en su esencia, es un sistema vivo, un organismo de significados en perpetua fricción y  
como tal, está condenada a la complejidad. Edgar Morin nos advierte que los sistemas vivos dejan de regirse  
por la linealidad, abriendo campo a la paradoja; donde crecen mientras se desintegran, se ordenan mientras  
se desordenan.  
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Bajo esta lógica, la Didáctica Filosófica más allá de ser visibilizado como un método de transmisión,  
se concibe en un ejercicio de escucha radical frente al murmullo de lo múltiple. Es así, como el contexto  
de aprendizaje, más allá de ser un contenedor de certezas, se transfigura en un campo de ofensiva donde  
colisionan temporalidades, memorias y futuros. Ahora bien, ¿Cómo enseñar en un mundo que, como señala  
Zygmunt Bauman, se deshace en líquido antes de que podamos nombrarlo?; pues la respuesta está en la  
capacidad de residir las preguntas como actos de coraje ético.  
La descolonización del saber, eje vertebral de esta reflexión, más de ser un gesto benevolente de  
inclusión, es una insurrección contra la ontología del extractivismo, planteamiento este, que Bonaventura  
de Sousa Santos resume con crudeza; pues el conocimiento se ha instituido como una aspiradora sapiente,  
succionando saberes para convertirlos en mercancías inertes bajo el rótulo de “universalidad”. Pero ¿cómo tejer  
en medio del caos?, en esta inquietud, surge la paradoja central; pues, los sistemas complejos nos enseñan que  
el desorden no es el enemigo, sino el suelo fértil donde germina lo nuevo, visión esta, sustentada en la teoría  
de las estructuras disipativas planteada por Ilya Prigogine, recordando que es en el colapso donde surgen  
patrones inéditos. Desde este panorama, la pedagogía, implica ceñirse a la incertidumbre no como fracaso,  
sino como potencia.  
Esta postura, fue intuida por Paulo Freire al referir que, la educación liberadora enfrenta al conflicto,  
porque sabe que es en la tensión dialéctica donde se forja la conciencia crítica. Pero hoy, frente a la crisis  
ecológica y la necropolítica descrita por Achille Mbembe, esta tensión adquiere urgencia existencial; pues,  
se trata de pensar el mundo y sentirlo en las entrañas, de reconocer que el saber habita en la mente, pero  
también en el cuerpo herido de los excluidos, en los ritos olvidados de los pueblos originarios, en la resistencia  
silenciosa de quienes han sido borrados del mapa cognitivo. Sin embargo, esta tarea trasciende todo  
romanticismo; es profundamente incómoda, ya que descolonizar duele, porque exige confrontar los privilegios  
epistémicos, los hábitos cognitivos, las comodidades de un saber que nos ha sido impuesto, convirtiéndose en  
una neurosis internalizada. Por eso, la Didáctica Filosófica debe ser también una terapia existencial, un proceso  
de desintoxicación lento y doloroso. No hay atajos, como en el duelo, por el contrario, hay que atravesar la  
niebla de la negación, la rabia de la deconstrucción, para llegar a un lugar de reconstrucción frágil.  
Por consiguiente, la redefinición epistémico-educativa desde la complejidad sin duda es un camino  
que, como diría Eduardo Galeano, se hace al andar y al andar se deshace. Por tanto, hay que visualizar los  
pasos, esos pequeños gestos de rebelión cotidiana, como las microresistencias de Silvia Rivera Cusicanqui,  
que agrietan los muros del poder desde abajo, en el que crece el musgo de lo posible-imposible. |Y es ahí,  
en esa humedad fértil, donde la Didáctica Filosófica siembra sus semillas, no para cosechar certezas, sino  
para aprender a convivir con la incertidumbre, a dialogar con el caos, a vivir en fin la educación como un acto  
de entrada hacia una humanidad más humilde, más interdependiente, más viva, porque educar, en última  
instancia, permite liberar el presente de las cadenas que llevamos dentro; aquellas que nos hicieron creer que  
el conocimiento es poder, en lugar de entendernos como parte frágil y gloriosa de un todo que nos excede.  
Esa es la verdadera complejidad, sabernos, al mismo tiempo, insignificantes y esenciales, efímeros y eternos. Y  
desde ahí, seguir caminando.  
Conclusión  
La didáctica filosófica, fundamentada en la crítica y la descolonización, emerge como un marco robusto  
para redefinir la epistemología educativa en contextos complejos, impulsando el tránsito de paradigmas  
hegemónicos hacia enfoques liberadores, plurales y emancipadores, donde el pensamiento complejo y la  
genealogía crítica potencian tanto la acción pedagógica como la producción de saberes contextualizados.  
El modelo propuesto articula diversas dimensiones ontológicas, pedagógicas, epistemológicas y políticas  
generandounavisiónhologramáticaysistémicadelaeducación;estopermiteconfrontarcategoríasdominantes,  
reconfigurar las prácticas formativas, abrir el diálogo con lo inesperado y favorecer procesos de metamorfosis  
educativa que amplifican la agencia crítica y la creatividad transformadora de docentes y aprendices.  
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