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Lectura histórica de la Universidad de Cuenca: Predios y primeras
edificaciones.
Esteban Herrera González
Durante varias décadas decimonónicas, el
ejido estuvo plagado de quintas que pertene-
cieron a las familias más acomodadas (He-
rrera y Tómmerbakk, 2017) y su categoría de
rural se mantuvo hasta mediados de la ante-
rior centuria, cuando se posicionó como la
zona por antonomasia de crecimiento de la
urbe (Rodas y Cordero, 2018); por lo tanto,
el Plan Regulador para Cuenca de 1949, rea-
lizado por Gilberto Gatto Sobral, se focalizó
en esta área y, con seguridad, su escogimien-
to respondió tanto a su singularidad paisajís-
tica y estética como a su ubicación, hacia el
meridión, justo en la primera terraza uvial
y surcada por los ríos Tomebamba y Yanun-
cay (Rodas et. al, 2020).
La elección de los antiguos ejidos virreina-
les, para el ensanche de las ciudades, fue una
nota común en otras localidades naciona-
les como Quito, donde las tierras, ya bien
entrado el siglo XX, se pusieron a precios
exorbitantes, particular que se justicaba en
base a que este sector era descrito como el
área ideal para vivir, ya que, a pesar de estar
fuera de la urbe, su proximidad a la misma
ofrecía la posibilidad de llegar al trabajo con
rapidez; además, de un clima más benigno y,
sobre todo, estatus social (Del Pino, 2019).
Así, se inició un proceso de urbanización
bajo los lineamientos del concepto “Ciudad
Jardín”, acuñado por Ebenezer Howard en
los postreros años decimonónicos, que se
fundó en un compendio de losofías, pero
que tuvo por parte medular que la ejecución
de nuevos vecindarios debía constituirse en
base a casas unifamiliares que incluyan un
terreno y patio (Montiel, 2015). En conse-
cuencia, fueron las clases pudientes las que
se interesaron por poblar esta parte de la
urbe debido a su cercanía de la naturaleza
y la posibilidad de erigir extensas viviendas
acompañadas de áreas verdes. No obstante,
ha de enfatizarse que este tipo de acciones,
en sectores antiguamente considerados ru-
rales y que empezaron a urbanizarse, termi-
naron por converger en un impacto negativo
en lo que respecta a biodiversidad (Cordero,
et. al, 2015).
En este contexto, cabe acentuar que, a par-
tir de la década de los años 20 de la anterior
centuria, la capital azuaya vivió una dinami-
zación importante en el ámbito económico,
social, cultural y tecnológico (Hermida et.
al, 2021); dicho despunte inuyó en varias
aristas y, entre otras cosas, acarreó la profe-
sionalización de ciertas áreas, lo que desem-
bocó en la necesidad de diversicar la oferta
profesional, situación que se hizo realidad,
justo poco antes de concluir la primera mi-
tad del siglo XX, con Carlos Cueva Tamariz,
quien fue el vigésimo tercer rector de la Uni-
versidad de Cuenca. Sin embargo, este hecho
puso sobre la palestra la importancia de con-
tar con un nuevo espacio físico, en desmedro
del que se ubicó en el casco antiguo, debido a
su estrechez (Espinoza, 2001).
Así, en consonancia con el hecho de que el
ejido era la de zona de expansión, se decidió
proyectar una ciudadela universitaria en esta
parte de la urbe; aunque debe subrayarse que
la visualización de dicho espacio para tras-
ladar la mencionada institución educativa
es mucho más antigua, ya que, durante la
regencia de Honorato Vázquez Ochoa, con-
cretamente el 26 de enero de 1916, en la ave-
nida 12 de Abril un poco más al oriente de
la actual Universidad de Cuenca, se inauguró
el edicio de la Facultad de Medicina (Lan-
dívar, 2018) de la que se denominó, en sus
inicios, Corporación Universitaria del Azuay
(Cárdenas, 1999).
Para el presente estudio interesa poner aten-
ción en el área más septentrional, del campus
central, debido a que aquí se erigen los tres
bloques que serán el objeto central de este
análisis; así, el espacio en cuestión, durante
gran parte de la primera mitad del siglo XX,
le perteneció a Eliseo Tinoco Torres, miem-
bro de una poderosa familia exportadora de
sombreros de paja toquilla (Herrera y Tóm-
merbakk, 2017), quien atravesó un impase
con dicho predio, digno de recapitularse, ya
que a la postrer permitirá claricar un dato
de gran preponderancia en los anales de la
historia urbana cuencana.
Hacia 1913, una faja de este terreno fue ex-
propiado, por el concejo municipal, con el
objetivo de desviar las aguas del molino de
Federico Malo (ANH/C, Exp. 104.979, a.
1913, f. 7) que corrían por la avenida 12 de
Abril, antaño llamada 10 de Agosto, debido